Amor como significado de vida
El Amor junto con la Muerte son, quizá, los temas que más han preocupado a los seres humanos desde siempre: filósofos, artistas, y lo que es más significativo, personas de la calle, siempre han tenido una vinculación especial hacia esos dos temas. Las razones podrían ser infinitas, yo apunto dos: por un lado, lo arcano de ambos fenómenos, y, por otro, y no menos importante, su inevitabilidad.
Si penoso es no poder evitar la Muerte, más aún es no poder saborear lo que significa el Amor, pero no un Amor cualquiera, sino uno verdadero; y por verdadero entiendo sacar a la luz las potencias que todos llevamos dentro, y que tanto dolor nos causa manifestar.
Pasamos más de la mitad de nuestra vida en tareas rutinarias, aburridas, que poco nos importan, y sin embargo, malgastamos todas nuestras energías en ellas. Abogo, desde aquí, para que este tipo de encuentros sirvan para algo más que para “pasar un buen rato”; me conformaría con que cada uno de nosotros se “mirara”, y observara lo que ve de verdadero y lo que ve de falso e hipócrita en uno mismo. Porque si algo tiene el Amor es su capacidad para “definirnos”, pero en una esfera mucho más radical que pertenecer a una determinada clase social, tener tal o cual ideología, o adscribirse a la tendencia de turno. Nos “define” como personas en lo más profundo de nuestro ser: la elección de la persona que te acompañará siempre.
Me gustaría que, quien el tuviera el placer de tomar parte en este proyecto, lo viera como una oportunidad de conocerse mejor, y, así, poner en tela de juicio determinados valores y conductas, que, bien por pereza, bien por comodidad, nos impiden ver lo que realmente estamos dispuestos a dar, y atreverse con el reto de Vivir en profundidad.
Sin más preámbulo os desafío a que os involucréis de la siguiente forma:
· Tomar partida por un autor determinado, si llegados al caso, ninguno os “convenciera”, mostrar lo que os ha gustado y lo que no.
· Mostrar un hecho, un sentimiento, quizá una idea, ya sea de Belleza Justicia, o quien sabe qué, que manifieste lo que para vosotros es Amor.
· Hacer un ensayo sobre lo consideráis que es el verdadero Amor, y lo que no.
Me gustaría que todo quedara por documentado, pienso hacer un monográfico, y necesito documentación.
GRACIAS.
I. QUÉ ES EL AMOR.
Qué es el Amor, difícil pregunta, y más difícil respuesta. Cada uno de nosotros expresaría de forma totalmente distinta lo que para él es amar, y todos tendríamos algo de razón; porque si algo tiene éste, es su capacidad para ver, a través de él, lo que de vital e imprevisto que hay en la Vida.
Intuyendo lo complicado del asunto, me conformaría, si cada uno de nosotros llegara a entrever, qué de verdadero y qué de falso hay en su Vida en relación con este tema.
II. CLASES DE AMORES.
Clases de amores ha habido tantos como maneras de pensar y sentir haya habido; el Amor tiene la puñetera manía de sacar a la luz el sentir “general”, de destapar potencias desconocidas, y de entrever posibles comportamientos.
Puesto que en algún momento había que acotar el número de “clases”, me he conformado con exponer cuatro tipos, maneras o sentires, que si bien, unos son más de actualidad que otros, todos guardan relación con lo que todos llevamos dentro, o por lo menos, vemos en los demás.
Hemos pasado desde el Amor platónico de Ortega, hasta el metafísico materialista de Schopenhauer, pasando por el fraternal de Fromm, y el romántico de Goethe. Seguramente se nos queden muchos en el tintero, pero estos cuatro representan ampliamente las maneras de ser y sentir de cada uno de nosotros. Y lo que es más significativo, nos inscriben dentro de una manera de sentir y afrontar la vida.
Junto con estos autores, habría que hacer mención a una serié de personalidades de diferentes esferas, que, por su pasión inusitada, causaron admiración entre sus allegados. Entre ellos podríamos citar a Santa Teresa de Jesús, San Agustín, Pascal, Stendhal, Dostoievski, Nietzsche, Shakespeare, e incluso Ghandi, con su amor por la no violencia.
III. ORTEGA.
Ortega con buen tino hace una diferenciación fundamental entre deseo y Amor. Por el primero entiende querer que la cosa venga a ti; la actitud del sujeto que desea es pasiva y contemplativa. Por el contrario, amar significa trascender tu yo, salirse de sí, e ir hacia lo amado; es una actitud eminentemente activa. La distinción es clave a la hora de entender lo que es Amor de otras maneras de sentir.
El Amor más que por su alegría, hay que medirlo por su “negatividad”, esto es, por su capacidad para el sufrimiento y la renuncia. El que ama siempre prefiere la desesperación por no ser amado que la zozobra de la indiferencia.
El Amor con mayúsculas consta de dos momentos bien definidos: uno el deseo, o lo que es lo mismo, el comúnmente llamado enamoramiento; y otro, el verdadero Amor, o sentimiento de integración y aceptación con la otra persona, difícilmente conseguible en primera instancia.
El Amor hay que verlo, más que como momentos puntuales de felicidad, como un chorro o corriente de plenitud.
El odio tiene las mismas pautas que el amor, pero de manera inversa, se quiere anular a al otra persona, de ahí, la dificultad de su abandono. Ortega define amar como la vivificación perenne, creación y conservación intencional de lo amado.
Stendhal, contrariamente a Ortega, concibe el Amor únicamente cuando nos imaginamos en la otra persona cualidades de perfección inexistentes; por lo tanto, no sólo es ciego, sino que es visionario, suplanta a la realidad. De ahí, el trauma de muchas personas, que una vez caído el velo del lo fugaz, ven el vacío ante sus ojos.
En el verdadero amor, la lejanía, no lo extingue, a lo más, lo adelgaza; pero una vez unidos de nuevo (los amantes), resurge con igual fuerza.
Ortega aún siendo “platónico”, no peca de idealista, concibe el Amor, no como un anhelo de belleza y perfección, sino como algo más “modesto”, como la unión con la persona que encarna una serie de cualidades que nos definen como persona.
El sexo tiene la cualidad que hace perdurar la especie, pero no la perfecciona como es el caso del Amor.
El enamoramiento comienza siendo un fenómeno de la atención, todo lo demás queda borrado en la existencia del que ama; por ello, quiera disolverse en su amado de una manera irremediable. De aquí se desprende que lo que de verdad nos define como personas irrepetibles, no son nuestras circunstancias concretas, ni nuestro carácter, ni siquiera nuestro destino; lo que nos diferencia de los demás, es nuestra “esfera atencional”, a dónde prestamos curiosidad y atención, en definitiva, qué es lo que nos interesa de esta Vida.
Aunque si somos sinceros, el estar enamorado no hace ver mejor la realidad de las cosas, éstas siguen igual; pero al pasar a un segundo plano, las vemos desgajadas de la opresión que recrea la realidad.
Así, junto con el enamoramiento, debe haber otro mecanismo que escape a nuestra voluntad para poder amar, y este es el instinto sexual.
Es curioso comparar las cualidades de una persona, antes y después, de estar enamorado de ella; vemos como el Amor, es una creación de nuestra conciencia, en relación a unos valores prefijados de antemano.
Por eso al que le gusta “salirse” de sí, evadirse y escapar de su destino, disfrute tanto con manifestaciones que procuran ésto, y el enamorarse, es una de ellas.
Poco se ha dicho de la diferencia entre los sexos a la hora de enamorarse. Las mujeres en este respecto, son más propensas a un enamoramiento más radical y profundo, puesto que su alma es más concéntrica y unitaria que la de los hombres. Éstos, tienen su personalidad más disgregadas, más puesta en muchas cosas. De ahí, que la mujer siempre se queje de la poca entrega del hombre.
El ser humano, ya sea mujer, ya sea hombre, es muy sutil a la hora de entrever las cualidades que valora como especiales, y es muy burdo, en todo aquello que no presta la menor atención, aunque sea de mayor interés.
Muchas veces, ni siquiera somos conscientes de lo que amamos, es a posteriori cuando sacamos esa valiosa información (casi siempre como consecuencia de un desamor). De poco sirve la terquedad de nuestras circunstancias y de nuestro carácter, contra la fuerza de lo que verdaderamente somos. Por eso, para la mayoría de la gente que vislumbra su destino, le sea muy difícil renunciar a él, están abocados a la frustración permanente.
La belleza que atrae, raramente es la belleza que enamora; el Amor es exclusivo, no así el instinto sexual, que puede ser satisfecho con infinidad de personas. Cuando alguien es excesivamente bello, inteligente o bondadoso se le admira, pero raramente se le ama; la admiración nace de la distancia y la lejanía con la persona en cuestión, no del trato continuo con ella. Lo que enamora es la gracia expresiva de su forma de ser, su peculiaridad frente a los demás, no su grado de perfección. Y eso las mujeres lo conocen muy bien, ya que no se suelen enamorar de los más inteligente o bellos, sino de los más “interesantes” y cercanos.
A lo largo de nuestra vida suele haber dos o tres cambios significativos, y todos ellos, relacionados con un amor determinado.
La mujer es más reacia al sexo sin amor que el hombre, puesto que al tener una forma de ser más integrada a una finalidad concreta, le cueste más desgajar su vida sexual de la amorosa. Sólo las mujeres que tienen componentes masculinos de personalidad se sienten atraídas por la belleza del hombre como único motivo de relacionarse sexualmente con él.
El hombre va hacia a la mujer como a una fiesta, busca diversión y excepcionalidad, y suele encontrar cotidianidad y reposo.
Para concluir, podemos definir el Amor como la elección más personal que podamos hacer a lo largo de nuestra vida, o lo que es lo mismo, decantarse por una manera de ser personal e intransferible. Por eso, dice mucho más una persona, por quien tiene por pareja, que por cualquier otra cuestión.
IV. FROMM.
A diferencia de Ortega, Fromm parte de que el Amor es una necesidad de superar nuestra separatividad existencial. Todos los seres humanos desde que nacemos, estamos condenados a estar solos; es mediante el verdadero Amor como, únicamente, podemos “fundirnos” con los demás.
El sentir popular parte de una concepción pasiva y receptiva del Amor; todos deseamos que nos quieran, que nos agasajen con cuidados y demás consideraciones, pero pocos somos los que procuramos darlo. Este autor considera que es más enriquecedor dar que recibir; sólo así, seremos capaces de sentir un Amor profundo y verdadero, donde el complejo narcisista, propio de la infancia, quede superado.
Como todo arte, y el Amor es el “arte” por excelencia, debe saberse dominar una serie de técnicas, tanto de orden teórico, como práctico. Primeramente ha de haber un conocimiento mutuo de los sujetos en cuestión; únicamente desde unas premisas ciertas se puede crear una relación estable y duradera. Creemos, hoy día, que no se ha que contrariar a nuestra pareja, que con decir a todo que sí, todo queda solucionado, y por desgracia, ahí, comienzan las dudas y las incomprensiones mutuas.
No conformándose con ésto, el Amor pide una serie de competencias como la paciencia, el respeto, la confianza, la humildad y, sobre todo, la fe en uno mismo y en los demás; es de ahí, de donde nace el verdadero arte de amar, de esa visión aristotélica basada en la virtudes y en el hábito continuado.
Vivimos tiempos en los que se pretende liberarnos de nuestra conciencia; drogas, espectáculos diversos, relaciones y ritos orgiásticos pretenden desinhibir por completo nuestra personalidad. Pocos son los que, a gusto con lo que son, disfrutan de su propia compañía. De ahí, la necesidad imperante de nuevos cambios en toda clase de aspectos, ya sean relaciones laborales, objetos materiales e, incluso, personas. Porque si algo está claro, es que si se es de una manera determinada en una esfera concreta de tu vida, es muy probable que se extienda a las demás.
Tan importante como saber dar a los demás, es saber estar solo; sólo así es como se podrá aportar madurez y criterio a relaciones, casi siempre basadas en aspectos meramente “hormonales”.
Fromm hace distinción entre una serie de clases u objetos amorosos, desde el amor materno-paterno, el amor de pareja, el amor a Dios o el amor a uno mismo. Cada uno de ellos guarda una serie de características personales respecto a las demás, pero todas ellas, guardan unas bases comunes anteriormente mencionadas.
Un error de la sociedad actual es que confunde la felicidad con la diversión, pretende hacernos creer que a través de ésta se llega a aquélla. La diversión se basa en el disfrute del instante mismo; su temporalidad no trasciende ni al futuro ni al pasado, con lo cual, una vez “consumido” el instante se acabó su supuesta felicidad. Por el contrario, la felicidad, se basa en un conocimiento profundo y sincero de lo que tú, como persona, pretendes de la Vida; se basa más en la renuncia que en la acumulación incesante de cosas y demás experiencias. Requiere esfuerzo y sacrificio; su consecución está prevista a largo plazo.
Como se ve, el Amor y la Felicidad requieren una serie de valores poco reconocidos en la actualidad, no es de extrañar el descontento y el malestar general en infinidad de personas en todo lo que se refiere a las diferentes facetas que llevamos a cabo, todos, a lo largo de nuestra vida.
V. SCHOPENHAUER.
El gran pesimista de la Humanidad hace una disertación polémica acerca de lo que él considera Amor; parte de unas premisas biologicistas. Para él, la Naturaleza “engaña” al ser humano dándole a entender que la querencia o deseo por una persona, es una concepción basada en una serie de valores y criterios subjetivos, más que en un imperativo de la especie.
Su visión es metafísica materialista, ya que considera al Amor como un medio para satisfacer la voluntad de la especie de perpetuarse indefinidamente. Todo ser, como tal, es una suma incesante de voluntad, de querer una y mil veces más; por eso la mayoría de los seres humanos estemos condenados a la frustración perpetua, nunca podremos colmar nuestros deseos y anhelos, por naturaleza, siempre tendemos a querer más.
El único “remedio” contra tanta desdicha es una renuncia voluntaria al vivir, pero ni aún así se conseguirá nada, ya que te alejas irremediablemente de lo que te define como ser.
Schopenhauer concibe el Amor como un medio de perfección de la especie; el sexo, por sí, a lo más que puede, es a su perpetuación como tal.
Hay una serie de rasgos físicos y psíquicos comunes en las mujeres y en los hombres, a la hora de verse atraído por el sexo contrario.
Las mujeres buscan el arrojo, la valentía y la audacia en los hombres, no tanto así, como la belleza, su inteligencia o cualquier valor de índole “superior”; son ellas las encargadas de trasmitir dichas cualidades. De ahí, que las mujeres no se enamoren del hombre de más talento, sino del que tenga arrojo en su conquista.
Por el contrario, los hombres buscamos en ellas belleza, salud, juventud, y cierta gracia de espíritu que emana en cualquier circunstancia; intuimos por instinto, que es éso, y no otra cosa, lo que va a heredar de su madre.
Schopenhauer como gran defensor de la filosofía oriental, cree en la renuncia como modo de vida; de nada sirve sublevarse, todos estamos determinados por fuerzas superiores, que en el caso del Amor, obedecen a una finalidad determinada.
VI. GOETHE.
Frustración, desengaño, suicidio, incomprensión, anhelo de infinito, de perfección… Con estas premisas se crea el “Werther”, obra precursora del Romanticismo. Goethe da vida a un joven incapaz de amoldarse a lo que le circunda; ve, una vez tras otra, la imposibilidad de llevar a cabo sus sueños. Su vida transcurre en la frustración continua, donde no es capaz de tomar las riendas de su existencia.
El Romanticismo es una corriente artística-filosófica de principios del siglo XIX; toma como referencia el siglo XIII, más en concreto la Provenza, lugar donde se origina el amor romántico como tal. Parte de unas premisas individualistas: para todos ellos, lo único digno de ser vivido, es lo que nace del corazón. No es de extrañar que tuvieran fobia a todo lo que proviniera de la sociedad y del Estado.
Si el amor sublime es su finalidad, su manera de “protestar”, es mediante el suicidio; a través de éste, intentan dar a conocer lo poco que les importa su vida, si es llevada a cabo en semejantes circunstancias.
En esencia, el amor romántico, es una evasión de la realidad, de ahí, que idealicen todo aquello que no tiene contacto con ella. Su sensibilidad toma el rumbo del escapismo, no hay en ninguno de ellos afán ninguno por mejorar las cosas; viven de espaldas al mundo, su felicidad y su desdicha la llevan solos.
La sensibilidad siempre ha estado reñida con la acción, es por eso, que cuando se peca de lo primero, difícilmente se tome una actitud transformadora e integradora ante los problemas que nos rodean.
En la actualidad, y más que nunca, se hace necesario un “toque” de romanticismo, en un mundo que, día tras día, se vuelve más plano y evidente. Seguramente, con ésto, no lleguemos a solucionar muchas de nuestros problemas, pero al menos, habremos conseguido desear, luchar y morir por algo verdaderamente digno, que, por su “supuesta” imposibilidad, se ha ido borrando, poco a poco, de nuestro destino.
VII. AUTORES.
Decantarse por un autor, es decantarse por una manera de ser, de pensar y de sentir la vida, y en mi caso, soy lo suficientemente “caótico” como para no decantarme por sólo uno en concreto. Al final, la realidad de las cosas, su verdad, debe más a la perspectiva que a su significado.
Todos los autores se decantan por ver el fenómeno del Amor desde diferentes ópticas; pero todos coinciden en considerarlos como la fuerza más poderosa y trascendente que un ser humano cualquiera pueda experimentar en su corta existencia.
Parece claro que el Amor nace para subsanar una anomalía de orden existencial, ya sea vista en un tono fraternal (Fromm), como en un tono metafísico (Schopenhauer). Incluso Ortega, llega a afirmar, al final de su ensayo, que lo que más nos define como personas, es nuestra elección en el Amor; por no mencionar el sentido cósmico que tienen para los románticos dicho fenómeno.
Si pudiéramos “nivelar” en diferentes estratos de realidad donde nace, o cual es la causa donde proviene (el Amor), veríamos que, según cada autor, proviene de un nivel de realidad diferente:
· Goethe afirma que la perfección y la belleza son causas per se por las que cualquiera puede enamorarse; de ahí, que todos los románticos tengan una altísima concepción del objeto-sujeto amatorio. Muchas objeciones se podrían hacer a esta forma de entender este fenómeno, y todas ellas, no irían mal encaminadas; pero la capacidad del ser humano para “idear” el concepto de perfección y de belleza, en un sentido de finalidad en sí misma, es propio de las personas con una alta sensibilidad y sentido de las cosas.
Por eso, aunque su forma de ver el mundo esté “equivocado” en relación con los atributos de lo amado, bendigo a los románticos, gracias a ellos nos muestran el camino de lo imposible, de lo perfecto y sublime, dando a la vida otro color.
· En un segundo escalón nos encontramos a Schopenhauer. Dicho autor considera al ser humano instrumento en manos de la especie; así, el Amor, sería el vehículo donde se perfeccionaría la especie humana, en pos de su perpetuación (el sexo sólo podría llevar a cabo la función de perpetuarla, sin más). Al contrario que los románticos, afirma que el Hombre no tiene la capacidad para dilucidar lo perfecto en las almas ajenas; es la Naturaleza, mediante engaño, quien le proporciona esa querencia y deseo hacia el otro sexo.
Su visión puede ser, hoy vista, con escándalo y desprecio, pero nunca podremos obviar nuestra faceta “animal”; día tras día, observamos muestras que no dicen demasiado de quienes afirman o confieren al ser humano, cotas de racionalidad y justicia sin igual.
· Dejando de lado a la especie, como fuerza que comprime las decisiones del las personas, llegamos a una visión meramente fraternal y filantrópica. Fromm afirma que el Amor nace, única y exclusivamente para superar la distancia que, como personas, nos separan de los demás. Para que surja el Amor es necesario una marcada individualidad, sentirse diferente y único; sólo así, tenderíamos a “fundirnos” con los demás.
El tema de la soledad, del vacío existencial, de la zozobra ante la infinitud de la Nada, cobra vital importancia a la hora de tomar parte en este proyecto. Valoro sobremanera su pretensión de esfuerzo y voluntad por conocer a las personas desde lo que son, y no, desde lo que parecen o representan. A este respecto, se podría abrir un acalorado debate a acerca de qué somos; pero sin querer entrar en disquisiciones que no viene al caso, defiendo una postura que permita conocer en profundidad a quienes tienen la llave, en cierta medida, de nuestra felicidad.
· Y por último, llegamos al, quizá, más vital de todos ellos (Ortega), que despoja la elección del Amor de cualquier atisbo de perfección, de subordinación a la especie o de cualquier necesidad existencial sobre el vacío del ser humano.
Para él, el Amor nace de la capacidad que tenemos, todos, de definirnos como personas; a través de Él, nos manifestamos de la forma más radical que un ser humano pueda hacerlo en el transcurso de su vida.
A esta postura se le pueden hacer varias objeciones, por ejemplo, que confiere al ser humano la facultad para dilucidar, de manera clara e inequívoca, lo que uno es; el azar, el destino o cualquier otra circunstancia no jugarían ninguna influencia a la hora de elegir a una persona determinada. Ortega, intuyendo donde se mentía, con fino olfato, afirma que las demás formas de unirse a una persona determinada no son propiamente un fenómeno amoroso, sino que están más relacionados con un hábito social y colectivo, obedeciendo a pautas culturales determinadas.
Ortega confiere al Amor una cualidad exclusiva, tanto por su uso, como también, por su dificultad; lo separa claramente del enamoramiento. Para él, éste es un instrumento, junto con el sexo, para poder amar a alguien. Incluso un tema tan poético como éste, necesita de ciertos “automatismos”.
Como síntesis final, podríamos definir el Amor como una fuerza irremediable (que, en función de quien lo defina, pondrá su “causa” última en tal o cuál estrato de realidad), que hace trascender al ser humano en un intento por encontrar sentido a su vida.
PERSONAL E INTRASFERIBLE.
Amar, querer, desear, gustar, alucinar, “enchocharse”, “pillarse”… un sinfín de términos dan vida y significado a este fenómeno, que si es algo, es de carácter universal e intransferible. Muchas veces pienso que con una palabra habría sido suficiente, otras, que nos hemos quedado cortos.
En otro momento contaré los cambios que se han ido produciendo en mi persona, ahora, lo que interesa, que no es poco, es dilucidar su origen. Mi forma de ser, mi carácter, mi “visión” del mundo tiene la paradoja de desear tanto lo que ama, que ante la imposibilidad de su logro, adopta la postura más fácil, la de la renuncia; es como si matando el deseo, matara la infelicidad que me invade. Nunca se conoce el misterio de las cosas hasta que no lo vives y lo sufres en carne propia; de ahí, que sea, hasta recomendable, cualquier experiencia fallida. Vivimos en una sociedad laxa, suave, creada por y para el disfrute; nuestra personalidad se vuelve indiferente e insensible para el sufrimiento; le arrinconamos, nos da pánico. Creemos que obviándolo, desaparece; y éste, lo llevamos tan dentro, que cuando reaparece, nos coge desprevenidos.
Miro alrededor, observo, disfruto, me enojo...; qué veo, lo de siempre: anhelos de perfección, de amor sin límite y condición, buenas intenciones y propósitos de enmienda; y al final, lo de siempre, cobardía, seguridad, anhelo de pertenencia, convencionalismos, que sé yo, si yo soy el peor.
No conozco mejor antídoto para la modorra que me invade, que empezar a amar, a sentir algo, lo que sea, pero algo. Qué desgraciado se debe sentir uno, cuando ha dejado de confiar en la Vida, en el Amor, en fin, en uno mismo.
El Tiempo, cuando se empobrece, cuando pierde referentes morales y vitales, se vuelve grisáceo y vulgar; todo se vuelve perpetuo, no hay atisbos de ilusión y esperanza. Y sin ellas, no hay capacidad para trascender a nada que no sea la mismisidad del aquí y del ahora. Por eso, quien de verdad ha amado, quien de verdad ha sentido que se iba muriendo, día a día, en la ausencia de lo que más amaba, lo que más echa de menos, es la capacidad para “conocer” nuevos estratos de realidad. El Tiempo, el Espacio, la Vida en definitiva, se sobredimensionan; uno es capaz de más; ama desde siempre y para siempre; las distancias físicas no le son barrera; la voluntad se expande. ¿Cómo no iba a sufrir aquél que no viviera eso?.
Releyendo, cavilando, volviendo a redefinir mis pensamientos, he dejar paso a mi alma; un alma arrinconada y maltratada por un orgullo despótico que se recrea confirmando lo que de antemano proyecta, y que encima, se jacta de sus aciertos. Para eso, y para casi todo lo demás, las mujeres son más sabias; Dios no les ha conferido el don de la indiferencia, del “picoteo” continuo e indiscriminado. Para ellas amar es amar desde lo más profundo e indivisible de su alma, de su ser; qué más quisieran ellas que liberarse por un instante de esa fuerza que les obliga a trascender su voluntad. Hay hombres que se pasan la vida sin pena ni gloria; su existencia es un devenir sin ir a ningún lado. Pequeños puntos en el camino; pequeños pesare que no llevan a nada. Eso sí que es trágico.
La grandeza de un ser humano es aceptar su destino, es conceder prioridad a la raíz última de su ser, es no recrearse en adulaciones y cantos de sirena, es seguir su camino... Todo el que ha amado alguna vez, si es que ha amado de verdad, no puede desviar la vista cuando resuena en él el canto a la vida. En eso consiste el amor, en la confianza plena e ilimitada en alguien, en la voluntad infinita por la existencia de lo amado, en el ansia de eternidad… Sin todo ésto, ¿acaso merecería la pena vivir?
DIC 2002
NANO

Mariam dijo
no
me refiero a la última pregunta, evidentemente
25 Octubre 2005 | 11:27 AM